Entrevista
Miquel Wert Jirheden (Barcelona, 1982) es un pintor, dibujante y muralista hispano-sueco afincado en Barcelona. Es licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona (2005) y desarrolla una trayectoria artística que combina la pintura de estudio, el dibujo y la intervención mural en espacios públicos e institucionales.
Su obra explora la memoria, la identidad y la construcción del relato colectivo, abordando escenas cotidianas cargadas de simbolismo y con una marcada atmósfera narrativa. Tanto en el trabajo de estudio como en los murales de gran formato, Wert construye imágenes que evocan un pasado reciente, frágil y ambiguo, situando al espectador ante escenarios que oscilan entre la realidad y la ficción. Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas a nivel nacional e internacional, así como en proyectos de arte público en diversos países de Europa, el Mediterráneo y el norte de África. Su obra forma parte de colecciones públicas y privadas. En el ámbito del arte público, destaca el mural realizado en 2021 junto a Elisa Capdevila en el barrio del Camp de l’Arpa de Barcelona, un proyecto de homenaje a las personas mayores y a la memoria del barrio. Paralelamente a su práctica artística, desarrolla tareas docentes como profesor asociado en la Universidad de Barcelona, vinculado a los estudios de Bellas Artes y Conservación-Restauración.
Tu relación con el graffiti se remonta a los años noventa. ¿Cómo fueron tus inicios y cuál es tu percepción del panorama actual del arte urbano?
Mis primeros recuerdos están ligados a un lápiz. Dibujar era mi principal pasatiempo. Mi padre era un gran dibujante, aunque profesionalmente se orientó hacia una vertiente más técnica, trabajando como delineante-proyectista. Desde muy pequeño empecé a copiar los dibujos que me hacía, normalmente personajes de películas de los años ochenta que me fascinaban. Estaba tan orgulloso de aquellos dibujos que hacía fotocopias para compartirlas con mis amigos del colegio.
Por otro lado, mi madre me llevaba con frecuencia a museos e incluso realizábamos viajes exclusivamente con ese propósito. Más adelante, alrededor de 1993, recuerdo haber visto un reportaje sobre graffiti en el programa de TVE2 Línea 900, que despertó mi fascinación por este movimiento. Desde entonces empecé a llenar cuadernos y libretas obsesionado con las formas caligráficas y, junto con algunos amigos del colegio, realicé mis primeros y tímidos tags.
Hacia 1997 pinté mis primeras piezas, muy influenciado por el cómic y el graffiti americano. Sin embargo, desde el principio lo que más me llamó la atención fue la figura humana. Mis referentes más cercanos eran Sendy’s, Poseydon, Rostro, Skum, Done o Mr. Kern, artistas que veía en las calles de Barcelona y Mollet.
Mi percepción actual es que existe un fuerte relevo generacional. Hay mucha energía, desparpajo y destellos de genialidad, aunque también, en ocasiones, cierta superficialidad. Percibo una impaciencia por hacerse un nombre y construir una carrera artística rápidamente, algo que favorece la copia, la imitación y el plagio tanto en la calle como en las redes sociales.
Esta prisa no es exclusiva del muralismo o del arte urbano, pero cualquier ámbito que mueve o puede mover dinero acaba siendo víctima de ello. Quienes llevamos más tiempo en este entorno no nos dejamos engañar tan fácilmente por los oportunistas. Aun así, también hay muchísimo talento y me encanta colaborar y crear vínculos con artistas más jóvenes.

Eres licenciado en Bellas Artes. ¿Qué importancia ha tenido la formación académica en tu obra?
Aunque empecé pintando graffiti en los años noventa, paralelamente fui desarrollando una formación artística reglada a través del Bachillerato Artístico y posteriormente Bellas Artes.
En aquella época, antes de empezar a pintar murales, casi todo se aprendía mediante la observación, el ensayo y error, las conversaciones con otros compañeros y lo que podías encontrar en libros, revistas o cintas VHS. Era la era preinternet, o al menos la era preinternet en mi casa. Recuerdo ir a casa de amigos con disquetes para descargar imágenes de graffiti de las primeras páginas web dedicadas al tema y analizarlas después en mi viejo ordenador.
Considero importante el paso por las instituciones académicas, aunque personalmente terminé algo desencantado. Lo que sí me aportó fue la posibilidad de centrarme en lo que me interesaba, conocer personas con inquietudes similares y pasar muchas horas en bibliotecas descubriendo autores y referentes que acabaron conformando mi imaginario visual.
A día de hoy sigo formándome constantemente. No dejo de leer ni de acumular libros; de hecho, algún día probablemente me echarán de casa por ello.
Una de las características de tu estética es la reducción cromática a escalas de grises o paletas muy limitadas. ¿Por qué trabajas de esta manera?
Los materiales que utilizo en el estudio —y, por extensión, también en la calle— son herramientas sencillas que me permiten una relación directa y gráfica con el soporte.
En mis primeras etapas utilizaba una paleta mucho más amplia y trabajaba con óleo y acrílico. Sin embargo, a diferencia de otros pintores que disfrutan del proceso técnico de preparar la pintura, yo buscaba un medio más rápido y directo. Mi propia impaciencia me llevó a simplificar progresivamente los materiales.
Acabé reduciendo el proceso casi a su esencia: carboncillo y el blanco del soporte. Una experiencia mucho más cercana al dibujo que a la pintura.
En el espacio urbano también utilizo gamas monocromáticas o muy reducidas y herramientas poco sofisticadas que me permiten trabajar con rapidez, espontaneidad y libertad.
Además, hay otro factor importante: padezco deuteranomalía severa, una alteración congénita de la visión del color comúnmente agrupada bajo el término «daltonismo». Esta condición afecta aproximadamente al 8 % de los hombres y al 0,4 % de las mujeres. Naturalmente, influye en mi preferencia por las gamas monocromáticas y las paletas reducidas.
También contribuye el hecho de que gran parte de la documentación visual con la que trabajo es monocromática o presenta una fuerte desaturación debido al paso del tiempo o a las técnicas de reproducción utilizadas.

Como docente, ¿qué opinas del estado actual de la educación artística?
Actualmente identifico tres grandes tendencias.
Por un lado, están las academias privadas altamente especializadas, con programas muy rigurosos, aunque a menudo inaccesibles económicamente para muchos estudiantes.
Por otro, gana cada vez más peso la autoformación y los cursos online, reflejo de la época de pandemias y de hiperconexión digital que vivimos.
Y finalmente está la educación universitaria tradicional, cuya calidad depende en gran medida de los docentes con los que cada estudiante tenga la suerte de encontrarse.
Me preocupa especialmente que ciertas academias puedan contribuir a la pérdida de una voz artística propia, ya que muchos creadores dejan de atravesar procesos más lentos de experimentación y aprendizaje por ensayo y error.
Al mismo tiempo, conozco numerosos artistas que jamás pasaron por instituciones académicas y han construido carreras sólidas de forma autodidacta. Eso me parece muy positivo. En última instancia, la calidad de la obra es la que termina hablando por sí sola.
Tus referentes van desde el graffiti hasta la ilustración clásica americana. ¿Cómo han influido en tu trabajo?
Esos referentes fueron fundamentales en mis primeros años pintando en la calle, hace más de veinticinco años. Eran los materiales visuales que tenía a mi alcance antes incluso de plantearme por qué pintaba o qué quería comunicar.
Hoy en día el graffiti tiene una presencia mucho menor en mi estética, no porque haya perdido interés en él, sino porque mis inquietudes plásticas actuales se encuentran en otros lugares.
Algunos ilustradores de la llamada Edad de Oro de la Ilustración siguen siendo referencias importantes, aunque su influencia se ha ido destilando y transformando con el tiempo.
Has expuesto y realizado residencias en países como Francia, Túnez o Alemania. ¿Qué relación artística mantienes con estos lugares?
Mi relación con Francia comenzó casi por accidente hace unos quince años, cuando fui a trabajar a Bretaña como proyeccionista en un pequeño cine asociativo. Soy un apasionado del cine y de la fotografía, y durante aquel año aprendí el idioma y me enamoré de la cultura francesa.
Poco después tuve la oportunidad de residir varios meses en Túnez gracias a una residencia organizada por Jiser: Reflexions Mediterrànies. Desde entonces mi relación con Francia se ha ampliado constantemente a través de exposiciones individuales y colectivas.
Hoy ese vínculo forma parte de mi vida cotidiana. Mi pareja es francesa, hablamos francés en casa y muchos aspectos de la cultura francesa forman parte de nuestro día a día.

Produces tanto obra de estudio como murales de gran formato. ¿Qué peso tiene cada disciplina en tu trayectoria?
Ha sido un proceso completamente natural.
Ha habido momentos en los que los proyectos murales han ocupado la mayor parte de mi tiempo y otros en los que he podido dedicarme más intensamente al estudio. Actualmente también debo integrar la docencia dentro de ese equilibrio.
Estoy convencido de que cada una de estas disciplinas enriquece a las demás. Mucha gente ha conocido mi trabajo de estudio gracias a los murales, mientras que la experiencia de la calle alimenta constantemente mi producción artística.
El contacto con el espacio público me mantiene alerta y despierto de una forma que a veces el estudio no consigue. En el estudio uno dispone de demasiado confort y es fácil distraerse.
Mi objetivo es seguir desarrollando ambas facetas mientras el cuerpo me lo permita.
En 2021 realizaste junto a Elisa Capdevila el mural homenaje a la gente mayor en la Meridiana. ¿Cómo valoras aquella experiencia colaborativa?
Disfruto muchísimo pintando con otros artistas.
Elisa es una gran pintora y, aunque nos conocíamos desde hacía años, era la primera vez que trabajábamos juntos. Fue una experiencia muy enriquecedora porque pudimos compartir reflexiones desde la sinceridad que aporta una profesión común y una sensibilidad similar.
La colaboración siempre introduce un componente de reto y de juego que considero muy saludable en un mundo artístico donde los egos suelen estar muy presentes.
Trabajar junto al Consell Assessor de la Gent Gran también fue una experiencia estimulante y bonita, aunque con una gran responsabilidad, ya que representábamos a una parte muy importante de la población.
Tanto Elisa como yo trabajamos siempre desde el respeto y la escucha activa.
Sin duda repetiría la experiencia.

El mural de la Meridiana fue cubierto posteriormente por otra obra. ¿Deben los murales asumir su carácter efímero o deberían preservarse?
Creo que la naturaleza efímera forma parte del arte público. Cualquier intervención en la calle está expuesta al clima, al paso del tiempo y a la convivencia urbana.
Sin embargo, resulta triste que obras de calidad y con un fuerte contenido social desaparezcan únicamente por falta de espacios para nuevas intervenciones.
Cuando una obra sigue siendo relevante y está en buen estado, las ciudades deberían plantearse mecanismos para preservar su legado. No se trata de musealizarlo todo, sino de reconocer su valor como memoria colectiva.
La preservación puede pasar por proteger ciertos muros, documentar y archivar las obras o integrar a los artistas en la planificación urbana para encontrar un equilibrio entre lo efímero y la conservación de referentes comunitarios.
Has hablado de la copia y el plagio en la escena actual. ¿Cómo afrontas este fenómeno y la irrupción de la inteligencia artificial?
Sí he reconocido piezas y conceptos propios claramente adaptados o reproducidos por otros artistas.
Dicho esto, siempre puntualizo que yo tampoco he inventado nada. Lo que me preocupa es la reproducción de ideas sin una reflexión profunda detrás.
Cuando empezó a popularizarse la utilización de fotografías antiguas en murales, observé cómo muchos artistas se limitaban a reproducir imágenes históricas sin desarrollar un discurso propio. Lejos de desanimarme, aquello me impulsó a buscar nuevas vías temáticas y conceptuales.
La inteligencia artificial ha acelerado la reproducción de estilos y estéticas superficiales. Mi forma de responder es poniendo el énfasis en el proceso, la investigación, las decisiones materiales y el contexto. Son elementos difíciles de replicar y que ayudan a preservar la singularidad de una obra.
Estoy convencido de que veremos un resurgimiento del valor de la huella humana y del trabajo hecho a mano.
Has combinado muralismo, pintura de estudio y docencia. ¿Cómo gestionas ese equilibrio?
Existe mucha presión por abarcarlo todo.
Mi trayectoria ha sido gradual y orgánica. La docencia llegó a través de una invitación para sustituir a una profesora prejubilada, y la mantengo porque disfruto enormemente compartiendo conocimiento y aprendiendo de mis estudiantes.
Con el tiempo, los murales han ido sustituyendo parte de la actividad expositiva que durante años ocupó gran parte de mi tiempo. Ahora busco desarrollar proyectos más reflexivos y pausados.
Creo que es posible vivir únicamente de los murales, pero hay que gestionar la carrera con inteligencia y escoger bien los proyectos. Como la demanda fluctúa, considero prudente diversificar y mantener también una práctica de estudio.
Dentro de veinte años probablemente no pinte en la calle con la misma intensidad. Y si lo hago, será acompañado por un pequeño equipo.
No tengo ningún problema en concebir la pintura mural como un trabajo colectivo. De hecho, cada vez me interesa más transmitir a las nuevas generaciones todo aquello que aprendí de forma autodidacta a lo largo de los años





