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Dima Korma

Dima Korma (nacido en 1988, Ucrania)  és un artista visual que treballa principalment en l’àmbit del muralisme abstracte. La seva pràctica se centra en l’exploració del color, la forma i el ritme com a llenguatge propi, utilitzant la pintura mural com a eina per transformar la percepció de l’espai públic. Les seves intervencions no parteixen d’un relat narratiu explícit, sinó que busquen generar sensacions, emocions i experiències visuals obertes, establint una relació directa entre l’obra, l’arquitectura i les persones que transiten l’espai.

Con Rebobinart y el Ayuntamiento de Barcelona, Dima Korma ha inaugurado una obra mural de gran formato en el distrito de Nou Barris, titulada Color en movimiento, situada en Via Favència 224 e inspirada en el dinamismo, el color y la energía del entorno deportivo.

Tu trabajo se construye a partir de la abstracción, el color y el ritmo, sin una narrativa explícita. En un contexto donde muchos murales buscan transmitir mensajes claros, ¿cómo defiendes una práctica que no ofrece respuestas directas?

No creo que mi trabajo —ni el muralismo abstracto en general— evite dar respuestas, sino que propone otra forma de mirar y de generar diálogo. Los murales narrativos suelen conducir al espectador hacia un mensaje concreto; a mí me interesa más lo que ocurre cuando esa dirección desaparece o solo está parcialmente presente.

En mi práctica intento conectar con la imaginación y la interpretación personal de quien observa la obra. Al no haber un significado cerrado, cada persona puede proyectar sus propias emociones y experiencias. El sentido no desaparece: se vuelve íntimo y cambia constantemente. Lo he comprobado muchas veces a lo largo de mi trayectoria, cuando distintas personas descubren historias completamente diferentes en una misma pieza. Creo que es importante ofrecer una pausa más que una afirmación. Mis murales no buscan explicar algo, sino ser sentidos: transformar la atmósfera y entrar en resonancia con el entorno.

Hablas a menudo de equilibrio y armonía en tus composiciones. ¿Te preocupa que ese lenguaje pueda percibirse como algo neutro o incluso meramente decorativo en el espacio público?

Entiendo que términos como equilibrio y armonía puedan interpretarse a veces como algo neutro o puramente decorativo, especialmente en el espacio público. Pero en mi trabajo el equilibrio no tiene que ver con la simetría o con combinaciones de color académicas, sino con las relaciones: entre el mural y el entorno, y entre todos los elementos que forman la composición. Creo que la decoración se vuelve vacía cuando no logra implicar al espectador más allá de la superficie. Lo que me interesa es cómo un mural puede alterar la energía de un lugar, influir en la manera en que las personas lo recorren y modificar cómo se sienten dentro de él. Incluso sin una narrativa explícita, ese impacto no es neutral. Por eso no entiendo la armonía como algo suave o pasivo, sino como una construcción, a veces incluso frágil. Esa tensión subyacente es una parte esencial del trabajo.

Tu obra depende mucho de su relación con la arquitectura. ¿En qué momento decides adaptarte al espacio y cuándo impones tu propia lógica sobre él?

Creo que siempre hay una mezcla de ambas cosas, y que cambia con cada proyecto. Mis decisiones no se guían únicamente por la arquitectura, sino también por mi intuición y por la historia del lugar. A veces es la propia arquitectura la que marca el proceso: las proporciones, las superficies o el ritmo espacial sugieren una dirección para la composición. Otras veces pesa más la atmósfera o la memoria del sitio, y eso lleva el trabajo hacia otro lugar. Me interesa encontrar un equilibrio entre todos esos elementos. El mural debe responder a su contexto, pero también aportar su propia energía y perspectiva. Ese equilibrio nunca es fijo; evoluciona con cada espacio.

El muralismo contemporáneo tiende cada vez más hacia enfoques figurativos y narrativos. ¿Crees que eso responde a una necesidad real o a una simplificación del lenguaje visual para hacerlo más fácil de consumir?

Creo que responde a una combinación de factores. Los murales figurativos y narrativos comunican de forma rápida y conectan fácilmente con un público amplio, lo que los hace muy eficaces en el espacio público. Al mismo tiempo, cada enfoque tiene sus propias limitaciones. Cuando una imagen es muy directa, a veces deja menos espacio para la interpretación abierta. Pero eso no la hace menos valiosa; simplemente cumple otra función. Para mí, la abstracción ofrece otra manera de relacionarse con las personas. Quizá no comunica de forma inmediata, pero puede generar una experiencia más abierta y personal a través de la atmósfera, el ritmo y la emoción. Invita al espectador a detenerse y encontrar su propio significado.

En un entorno donde las imágenes se consumen rápidamente —redes sociales, turismo, branding urbano—, ¿cómo evitas que tu trabajo quede reducido a una experiencia puramente estética?

No creo que hoy sea posible controlar por completo cómo se consume un mural, especialmente a través de las redes sociales. Con los años he aprendido a soltar la obra.  Me centro en el desarrollo y en el proceso, en el momento de creación, pero una vez terminada ya no puedo controlar cómo circula o cómo se interpreta. Al mismo tiempo, sé que el trabajo sigue teniendo vida propia. A menudo recibo comentarios años después de personas que lo han experimentado en contextos muy distintos, y eso me demuestra que la obra existe más allá de su imagen inicial o del momento en que fue creada. Así que, más que intentar controlar su percepción, confío en que el trabajo evolucione por sí mismo una vez deja mis manos.

Vienes de una formación vinculada al diseño y la comunicación visual. ¿Hasta qué punto tu trabajo sigue respondiendo a una lógica de diseño y cuándo se convierte en algo más abierto o incierto?

Mi formación fue muy importante al principio porque me ayudó a construir mi lenguaje visual y a entender la composición y la estructura. Con el tiempo, mi práctica ha evolucionado. Hoy se trata menos de aplicar una lógica de diseño fija y más de trabajar desde un proceso flexible que cambia según cada proyecto. A veces es más estructurado, otras más intuitivo, pero siempre existe un equilibrio entre ambas dimensiones.

Tu proceso parece muy controlado y guiado por la composición. ¿Qué espacio dejas para el error o la improvisación cuando trabajas in situ?

Soy una persona bastante orientada al control dentro de mi proceso. Suelo planificar cada paso al detalle, con listas, notas y una estructura muy clara antes de empezar a pintar. Pero trabajar sobre el terreno siempre introduce situaciones inesperadas. Con el tiempo he aprendido a aceptarlo y a no luchar contra ello. Intento mantenerme flexible dentro de esa estructura. Así que, aunque la composición esté muy planificada, siempre dejo espacio para la improvisación. Muchas veces es la intuición y la realidad del propio muro lo que termina guiando las decisiones finales. Ese equilibrio entre control y adaptación se ha convertido en una parte importante de mi manera de trabajar.

Con el auge de las herramientas digitales y la IA —que también operan a través de la forma, el color y la composición—, ¿dónde trazas la línea entre tu práctica y una imagen generada?

Para mí, la diferencia clave no está en el uso de la forma, el color o la composición, sino en la relación con el mundo físico y en el proceso que hay detrás. Las herramientas digitales y la IA pueden generar imágenes a partir de parámetros, pero mi trabajo nace de un diálogo directo y físico con el espacio, la escala y el material. Está condicionado por limitaciones, accidentes y decisiones tomadas en tiempo real sobre el lugar. Mi práctica es más lenta, más corporal y está vinculada a entornos específicos, mientras que las imágenes generadas existen en un espacio mucho más desligado de esa realidad. Por eso, la diferencia no tiene tanto que ver con el lenguaje visual en sí, sino con el contexto, el proceso y la presencia. 

Si una herramienta puede generar composiciones abstractas complejas en segundos, ¿qué valor conserva todavía el proceso manual?

Como decía antes, mi trabajo está profundamente influido por el entorno, y trato de diseñarlo de manera que no solo responda visualmente al espacio, sino que también invite a interactuar con él. En un proyecto como Color en movimiento, en Nou Barris, el objetivo no era simplemente crear algo para mirar, sino algo que pudiera usarse y experimentarse, casi como un juego dentro de la pista deportiva. Las decisiones que tomo siempre están conectadas con esa idea de activación: cómo el color y la forma pueden guiar el movimiento, generar ritmos e influir en la manera en que las personas ocupan el espacio. En ese sentido, el mural no funciona como un fondo decorativo, sino como un detonante de actividad y percepción. En una pieza como la de Nou Barris (Color en moviment), trabajas dentro de un entorno muy activo y cotidiano.

En una pieza como la de Nou Barris (Color en movimiento), trabajas dentro de un entorno muy activo y cotidiano. ¿Qué decisiones tomas para que la obra no funcione solo como telón de fondo, sino que transforme realmente la percepción del espacio?

Desde mi experiencia en este proyecto, el enfoque fue muy equilibrado. Por un lado, había una decisión clara sobre el lenguaje visual y la dirección de cada espacio, además de un briefing definido y unos resultados esperados. Pero, al mismo tiempo, también existía un proceso creativo libre durante la fase de bocetos y desarrollo, donde las ideas podían evolucionar y ponerse a prueba. En conjunto, fue un buen equilibrio entre estructura y libertad creativa, lo que permitió que la obra mantuviera una dirección clara sin perder espacio para la exploración.

¿Qué decisiones tomas para que la obra no funcione solo como telón de fondo, sino que transforme realmente la percepción del espacio?

Desde mi experiencia en este proyecto, el enfoque fue muy equilibrado. Por un lado, había una decisión clara sobre el lenguaje visual y la dirección de cada espacio, además de un briefing definido y unos resultados esperados. Pero, al mismo tiempo, también existía un proceso creativo libre durante la fase de bocetos y desa rollo, donde las ideas podían evolucionar y ponerse a prueba. En conjunto, fue un buen equilibrio entre estructura y libertad creativa, lo que permitió que la obra mantuviera una dirección clara sin perder espacio para la exploración.

Mirando el sector en su conjunto, ¿crees que el muralismo se está volviendo más conservador en términos de lenguaje visual?

Creo que el trabajo figurativo suele tener más visibilidad y circular más rápido, principalmente porque es fácilmente reconocible y legible. Comunica de forma inmediata, y eso funciona muy bien tanto en el espacio público como en los entornos digitales. Al mismo tiempo, el panorama sigue siendo muy diverso. Hay muchos artistas que continúan explorando la abstracción, la experimentación y lenguajes visuales más complejos. Quizá esas prácticas no sean siempre las más visibles de forma inmediata, pero están muy presentes y siguen evolucionando en paralelo. 

¿Qué crees que está funcionando realmente en la escena actual y qué sientes que se repite sin aportar nada nuevo?

No creo que exista una definición fija de lo que “funciona realmente” dentro de la escena. Depende de muchos factores: el lugar, la cultura, el entorno y el contexto. Cada obra puede tener su propia relevancia, independientemente del lenguaje visual que utilice. Desde mi punto de vista, lo importante es si una pieza es honesta con su contexto y con su intención, más que si encaja en una determinada tendencia o estilo. Por eso prefiero ser prudente a la hora de decir que algo se repite sin valor. Incluso enfoques visuales similares pueden funcionar de maneras completamente distintas según dónde y cómo se sitúen.