Instalación arte urbano Basurama – Cor, fachada CEM Àgora Nou Barris, luz y memoria, Rebobinart

Basurama

 Basurama es un colectivo artístico y de investigación fundado en 2001, con sede en Madrid, dedicado a la creación, la producción cultural y el análisis crítico de los procesos productivos, la generación de residuos y las posibilidades creativas, sociales y ambientales que estos abren.

Su trabajo se sitúa entre el arte, la arquitectura y el urbanismo, con una clara vocación de intervención en el espacio público. A través de instalaciones, acciones y proyectos colaborativos, Basurama reutiliza materiales descartados para activar nuevas lecturas sobre el consumo, la sostenibilidad y la relación entre comunidad y ciudad, transformando residuos en dispositivos culturales y simbólicos. 

Con Rebobinart y el Ayuntamiento de Barcelona, el colectivo Basurama ha impulsado las intervenciones Cor y Teulades en el distrito de Nou Barris, transformando residuos y materiales reutilizados en instalaciones que conectan memoria vecinal, sostenibilidad y espacio público mediante procesos colaborativos y comunitarios

Vuestro trabajo lleva años abordando temas como el consumo, los residuos y las contradicciones del sistema. En un contexto donde estos discursos se han vuelto más visibles, ¿cómo evitáis que pierdan fuerza o se conviertan en una estética más?

La estética se agota rápido; el proceso comunitario, no. Una instalación nuestra puede ser visualmente impactante, pero su verdadero valor reside en la logística de los materiales y la activación ciudadana. Si hay una comunidad apropiándose de la basura para reclamar un derecho (al juego, al espacio público, a la soberanía energética), el residuo deja de ser un fetiche visual para convertirse en un agente político.

Tratamos de evitar el greenwashing siendo pragmáticos y, a veces, molestos: si una intervención no genera una pregunta incómoda o no resuelve una necesidad técnica o social en un contexto específico, corremos el riesgo de ser solo «la cara amable» de la gestión de residuos. Nos mantenemos alerta tratando de ser críticos en los contextos en los que trabajamos.

Muchas instituciones incorporan hoy discursos sobre sostenibilidad y reciclaje. ¿Creéis que esto responde a un cambio real o a una necesidad de imagen?

Es innegable que existe una necesidad de imagen. La sostenibilidad se ha convertido en una nueva moneda de cambio política y corporativa. Muchas instituciones adoptan el discurso del reciclaje porque es la capa más superficial y amable de la crisis ecológica: nos permite sentir que algo cambia sin cuestionar el modelo de producción. 

Pero no creemos que esta actitud responda mayoritariamente a un plan puro de maquillaje. Realmente en todas o casi todas las instituciones hay personas que sí quieren apostar por un cambio hacia la sostenibilidad. La cuestión es hasta dónde quieren llegar realmente y cuánto pueden mover los engranajes de sus sistemas internos de funcionamiento. En ese sentido, nuestros proyectos son una forma de poner a prueba hasta dónde pueden llegar cuando hay que transformar el discurso en hechos.

Uno de los puntos clave de nuestro trabajo es intentar dotar de contenido a conceptos como la «sostenibilidad» o la «economía circular». Son palabras que de tanto usarse pierden significado y valor en el discurso político y social. Si la sostenibilidad desvió el debate del modelo económico que se imponía, el reciclaje lo hizo del modelo de consumo imperante; y hoy en día corremos nuevamente el riesgo de que la economía circular desvíe el debate de lo que realmente es urgente. Como dice Marina Garcés, vivimos en el “tiempo de la insostenibilidad”, en un tiempo donde las soluciones a los problemas han quedado obsoletas, por lo que es momento de reflexionar sobre cómo vamos a enfrentarnos al cambio de paradigma, qué rol deben tomar las administraciones públicas, qué papel queremos o podemos adoptar los ciudadanos, qué  transiciones urbanas son necesarias, o qué papel juega la educación en esta transición.

Trabajáis a menudo con materiales desechados, pero también dentro de marcos institucionales. ¿Qué tensiones aparecen al llevar un discurso crítico a espacios que forman parte del propio sistema que cuestionáis?

Esta es una de las tensiones que define nuestra existencia como colectivo. No la rehuimos, y aunque fuera del sistema hay lugar para transformar la realidad, lo cierto es que nosotros casi siempre trabajamos desde dentro, lo que nos requiere un ejercicio de equilibrismo constante.

La primera tensión que nos solemos encontrar es técnica y burocrática. El sistema está diseñado para lo nuevo, lo homologado y lo predecible. Cuando intentamos operar con residuos en una institución, chocamos con normativas de incendios, seguros, riesgos laborales, convenios de cesión y otras muchas trabas tras las cuales hay principalmente un miedo, no fácil de traducir siempre, a posibles quejas ciudadanas, aceptación del resultado estético y otros pensamos que en el fondo lo que están haciendo es estigmatizar los materiales por ser residuos.

Forzar la entrada de estos materiales es, en sí mismo, un acto político que obliga a la institución a repensar sus propias reglas de control.

¿Hasta qué punto sentís que vuestro trabajo puede ser absorbido o neutralizado cuando entra en circuitos culturales o institucionales?

Cuando el residuo se vuelve «bonito» o «curioso» dentro de un museo, pierde su carga de rechazo. El circuito cultural tiende a limar las aristas; quiere la basura, pero sin el olor, sin el volumen real y sin la molestia. Nuestra resistencia consiste en mantener la escala y la suciedad: si lo que traemos es incómodo de montar, de gestionar y de mirar, es mucho más difícil que el sistema lo digiera y lo convierta en un producto inofensivo. Por eso en nuestros trabajos, aunque la basura sea ordenada, manipulada y reutilizada sigue siendo visible el material, el origen y su memoria. No escondemos la basura, la ponemos en un primer plano.

Sabemos que somos tendencia en ciertos momentos. Las instituciones funcionan por olas: ahora toca sostenibilidad, mañana tocará otra cosa. Para no ser neutralizados por la moda, nuestra estrategia es la infiltración a largo plazo. No nos interesa sólo la intervención puntual, sino dejar cabos sueltos en las instituciones: protocolos de reutilización que se quedan instalados, redes de contactos que siguen funcionando o comunidades de personas con una mirada crítica que ya no se puede ignorar.

En el arte urbano y los proyectos públicos, a menudo se habla de “impacto social”. Desde vuestra experiencia, ¿qué diferencia hay entre impacto real y relato de impacto?

Para nosotros, la diferencia entre el impacto real y el relato de impacto radica en quién cuenta la historia y cuánto tiempo dura el eco de la intervención cuando nosotros nos vamos. El impacto real es algo que tarda más en suceder, que se mide tiempo después de la foto de grupo que nos sacamos en los proyectos. Es algo más complejo de medir, no sirven los típicos indicadores que se aplican en los proyectos técnicos de cooperación. También es algo más modesto o menos vistoso que se puede medir en detalles como:

  • La autonomía material: que un grupo de vecinos aprenda a soldar o a reutilizar maderas y use ese conocimiento para mantener o replicar el proyecto que han hecho con nosotros.
  • El cambio en la percepción del valor: cuando el desecho deja de verse como basura y pasa a verse como recurso disponible. Ese cambio de chip mental es un impacto estructural.
  • La supervivencia de la red: si después de nuestra intervención el grupo de WhatsApp de los vecinos sigue activo para organizar otra cosa, o el grupo se mantiene activo a través de la gestión del proyecto que hemos realizado con ellos, ese es el verdadero impacto social. La infraestructura social es más importante que la infraestructura física que hayamos construido.

Todos estos valores cualitativos que suponen un cambio de mirada, de gestión, de autoconsciencia, de autonomía y de capacidades, son en muchas ocasiones invisibles en los resultados finales de los proyectos, pero son impactos a largo plazo que producen cambios a escala local e individual y que al mismo tiempo tienen efecto multiplicador porque son todos ellos valores compartidos comunitariamente.

¿Creéis que el arte en el espacio público tiene capacidad de transformación o que, en muchos casos, funciona más como herramienta simbólica?

Para nosotros, el arte en el espacio público no debe elegir entre ser un símbolo o ser una herramienta, tiene que ser un símbolo que funcione. El arte tiene una capacidad de transformación real cuando rompe el imaginario de lo que es posible. Cuando el arte público es útil, deja de ser un objeto para ser contemplado y se convierte en una infraestructura social, o en un vehículo para dar visibilidad a una demanda histórica en un barrio, o en un medio para provocar un debate sobre un tema concreto, entre otras posibilidades.

En relación con vuestro trabajo en Nou Barris (El cor de Nou Barris y la intervención en las Teulades), ¿cómo planteasteis cada proyecto y qué diferencias encontrasteis a nivel de proceso, relación con el entorno y tipo de impacto?

 Ambos proyectos provienen de un mismo contexto, una misma convocatoria y un mismo territorio, pero ciertamente tuvieron desarrollos y derroteros muy diferentes. 

Cuando enviamos las propuestas, para nosotros Teulades era un proyecto más potente y rotundo que Cor, y sentíamos que contestaba muy bien al «enunciado» que se nos había pasado. La idea original del proyecto consistía en fabricar una pieza con un tamaño de pabellón, más que de «caseta», que es en lo que se quedó al final por una cuestión de costes de producción. En una situación ideal, ese proyecto lo hubiéramos puesto sobre la mesa en una reunión con los vecinos, como una primera posibilidad de activar esa plaza, pero con total posibilidad de modificar su forma y sus condiciones materiales para responder a las necesidades de esos vecinos con respecto a una gran plaza sin alma, que es lo que es ese lugar. Hubiéramos localizado personas con capacidad para construir esas cubiertas con tejas que habíamos pensado inicialmente y nos hubiéramos juntado con chatarreros para encontrar los materiales con los que hacer la pieza. Nada de eso sucedió, por muchas razones, y si bien la pieza sigue siendo un homenaje a aquellas personas que hicieron de aquellos terrenos su hogar, nos han faltado ingredientes fundamentales para que eso sea apropiado, vivido y utilizado por los vecinos. En lo positivo, esa pieza sale adelante por encima de un montón de miedos y condicionantes normativos que entre todos hemos sido capaces de sortear. Muchos proyectos siguen este mismo proceso: la propuesta es radical pero a la hora de realizarse surgen tantos problemas y condicionantes que al final no se hace o se modifica tanto la idea que pierde su significado. En este caso, llegar a plantar esa «casa» en mitad de la plaza y demostrarnos todos: ayuntamiento, equipo de producción, vecinos y nosotros mismos que no pasa nada de aquello malo que pensábamos que podría pasar, ya es un éxito.

Por otro lado, el proyecto Cor fue el producto de una de esas reuniones de creatividad que tenemos en el colectivo cuando abordamos estos proyectos. El enunciado era bastante claro y no tardamos mucho en situarnos sobre alguna idea relacionada con el deporte y el corazón. A eso andábamos dándole vueltas cuando alguien recordó que teníamos desde hacía un tiempo como 400 triángulos de señalización de accidentes guardados en nuestro almacén. Es un buen ejemplo de cómo los materiales condicionan los proyectos, porque algo tan sencillo en su diseño como un triángulo formado por tres piezas articuladas y con una identidad propia tan clara que todo el mundo sabe lo que es a primera vista, te condiciona el resultado final del proyecto en el mejor de los sentidos: simplemente siguiendo la lógica del propio material, el proyecto tomó su forma definitiva rápidamente. Luego sobre el papel, sin más, era un proyecto relativamente formalista para el tipo de cosas que solemos hacer, que no suelen representar una tercera cosa como en este caso, que era directamente un corazón gigante. Y bueno, entre medias tuvimos algunas complicaciones para sacar adelante nuestra apuesta de colocarlo directamente sobre la fachada del polideportivo, pero eso entra dentro de la cantidad esperable de problemas que genera un proyecto de grandes dimensiones sobre una fachada. Y al contrario que Teulades, el proyecto final es mejor que el dibujo. Pensamos que se integra muy bien en la fachada, incluso el diálogo con las flores de las plantas que trepan por ella, ojalá dé tiempo a que esa vegetación invada un poco nuestra pieza. Y bueno, a veces un símbolo tan sencillo como un corazón que late un par de horas al caer el sol es tan potente o más que el más complejo y abstracto de los discursos artísticos.

En estas intervenciones, donde hay una dimensión comunitaria clara, ¿cómo gestionáis el equilibrio entre participación real y construcción de relato?

Si bien es cierto que el concepto de partida de muchos de nuestros proyectos es a veces propio, el relato se construye con la participación. La escucha es fundamental en los procesos participativos, es la única manera de conseguir la generación de la confianza, la transparencia y la implicación de los actores que forman parte. No queremos imponer un relato sino construirlo conjuntamente.

Trabajar con residuos en un contexto concreto implica activar dinámicas locales. ¿Qué parte del proceso os interesa más: el resultado final o lo que ocurre durante la producción?

Si el resultado final es el «qué», la producción es el «cómo», y es precisamente ahí donde creemos que reside la capacidad de transformar la realidad. Nos interesa más la producción por varias razones fundamentales: 

Para trabajar con residuos en un lugar concreto, primero hay que buscarlos, clasificarlos y transportarlos. Este proceso de safari urbano, como lo llamamos nosotros, nos lleva a explorar y conocer el territorio de una forma diferente. Interactuamos con los servicios de limpieza, con las chatarrerías locales, con las empresas que tiran excedentes, entre otros agentes. En esa fase de producción, aprendemos qué consume ese barrio, qué desprecia y qué flujos de materiales lo atraviesan. Esa lectura material del territorio es para nosotros una forma de revelar una realidad urbana, y a menudo es lo que dispara nuestra idea para el proyecto.

El diseño abierto y la negociación. Nuestros proyectos se idean en base al contexto en el que vamos a realizarlos y tratamos de mantener abierto el proceso de creación el mayor tiempo posible. A través de este proceso de creación abierto, de ida y vuelta con las instituciones, vecinos y colaboradores que nos rodean, el proceso se convierte en una asamblea continua. Lo que ocurre durante la producción es una negociación constante entre el deseo, las condiciones técnicas y los materiales y recursos disponibles.

El auge de festivales y proyectos ha multiplicado la presencia del arte urbano. ¿Veis ahí una oportunidad o una sobreproducción que diluye el contenido?

Como en casi todos los proyectos depende del objetivo perseguido y de las formas de hacer. Los macroeventos como festivales, competiciones deportivas, etc. son lugares de abundancia y no solo de residuos, son espacios de oportunidad para generar preguntas sobre los modelos de ocio y sobre la gestión del encuentro social. Intervenir haciendo preguntas sobre dicha gestión puede ayudar a cambiarlos y mejorar las formas en que se realizan. El problema radica en que hoy en día estos lugares son meros espacios de consumo, todo se vuelve un centro comercial y hasta la interacción social está mediada por el consumo. 

En relación con presupuestos públicos y privados, ¿cómo valoráis el uso de recursos en este tipo de intervenciones? ¿Dónde creéis que están las principales contradicciones?

En Basurama no vemos el uso de presupuestos públicos o privados como una mancha en nuestro expediente, sino como una toma de posición política. Si solo trabajáramos desde la periferia absoluta, sin tocar el dinero del sistema, nuestra capacidad de incidencia sería mínima. Nuestra financiación es muy diversa, efectivamente nosotros colaboramos y hemos colaborado con todo tipo de financiadores. Hay que gestionar las contradicciones, pues forman parte de la vida. Para nosotros es importante que dichas contradicciones no cuestionen la obra ni el proceso, si hay libertad para ello, esta contradicción puede formar y forma parte de la propia obra.

Muchas marcas y empresas privadas han incorporado el lenguaje del arte urbano. ¿Creéis que esto abre nuevas vías o supone una apropiación de códigos sin retorno real?

Vivimos en un sistema llamado capitalismo que lo que hace es secuestrar toda propuesta que pueda explotar. No es sorprendente que marcas o empresas se apropien de códigos, de imaginarios en su propio beneficio. Lo importante es que esa apropiación no vacíe de contenido el lenguaje. La mera estética y la imagen es caduca, perecedera, el arte no lo es, hay una transformación más allá del momento, un cuestionamiento, un proceso crítico individual y colectivo, un cambio en procesos, en miradas, en formas de ver como decía John Berger.

 ¿Dónde situáis hoy el límite entre colaborar con el sistema y formar parte de él?

Del sistema todas formamos parte ¿no? Para nosotras lo interesante es hacer el sistema transparente, visible, comprensible… Cuando una entiende cómo funcionan los procesos, la gestión, las trabas empieza a ver las grietas, los caminos derivados, las bifurcaciones… Los lugares, en definitiva, donde las cosas pueden cambiar, donde el sistema se puede «hackear» .

No nos asusta estar dentro del sistema; lo que nos asusta es dejar de hackearlo. El límite es la negociación. Mientras tengamos la libertad de decir «no» a un proyecto que sólo busca cosmética, o de proponer una acción que rompa las reglas del juego institucional, seguiremos colaborando. En el momento en que nuestras soluciones dejen de generar preguntas incómodas, habremos pasado a formar parte del problema.

La inteligencia artificial está entrando en el ámbito creativo, también en la generación de imágenes. ¿Cómo encaja esto dentro de un discurso que pone el foco en lo material, lo residual y lo físico?

A primera vista, la inteligencia artificial parece el polo opuesto a lo que hacemos: es etérea, algorítmica y aparentemente limpia, mientras que nosotros trabajamos con materiales que se tocan y se manipulan.

Sin embargo, desde Basurama vemos puntos de fricción muy interesantes donde lo digital y lo material chocan: la IA requiere centros de datos gigantescos y hardware que se queda obsoleto a una velocidad de vértigo. Cada imagen generada tiene una trazabilidad de consumo energético y de materiales (litio, tierras raras) que tarde o temprano se convertirán en residuo físico. En un discurso que pone el foco en lo material, la IA es el recordatorio de que lo «virtual» no existe. Todo bit tiene un átomo detrás que ha sido extraído de la tierra y que acabará en un vertedero. Nos interesa visibilizar esa «basura digital» que no vemos pero que pesa toneladas.

Si la producción de imagen se vuelve cada vez más inmaterial, ¿qué lugar ocupa el trabajo con residuos y con materia real?

El trabajo con residuos y materia real ocupa un lugar en nuestro trabajo, pero ahora quizá este trabajo toma centralidad justamente porque la producción de imagen (y no sólo) tiende a volverse más inmaterial. Frente a esa desmaterialización, Basurama lleva la creación a una dimensión física y territorial, trabajando con lo descartado para hacer visibles las huellas materiales, sociales y políticas que sostienen cualquier imagen o proyecto cultural. La basura no aparece solo como recurso estético, sino como un archivo vivo de consumo, desigualdad y transformación. Intentamos, en definitiva,  insistir en devolverle peso, contexto y conflicto a través de los residuos, los objetos descartados y las infraestructuras olvidadas.

Mirando el estado actual del sector, ¿qué os parece que está funcionando y qué consideráis que se está vaciando de contenido?

En Basurama llevamos más de 25 años viendo cómo conceptos que nacieron en los márgenes han sido absorbidos por el centro, y eso nos permite identificar dónde hay todavía pulso y dónde sólo queda cáscara.

Como ejemplos, el concepto de «sostenibilidad» se ha convertido en una palabra «comodín» que ya no significa nada porque lo significa todo, en el urbanismo y el arte público o la participación ciudadana se está convirtiendo a menudo en un trámite administrativo, un checklist más que hay que hacer.

Por el contrario, proyectos donde surgen alianzas improbables entre recogedores informales de basura e ingenieros de datos, asociaciones vecinales o ecologistas, como el proyecto Autofabricantes de Medialab-Prado, por citar un ejemplo. Cuando el arte deja de mirarse al espejo y se convierte en un pegamento para que otros sectores colaboren, ocurren cosas reales.

Otras estrategias o visiones que sí pensamos que está funcionando son la sustitución de la búsqueda del objeto final por la generación de un «manual de instrucciones», donde lo que prima es el aprendizaje colectivo, el código abierto y la transferencia de herramientas. La gestión del «mientras tanto»: frente a los grandes planes urbanísticos o las grandes obras que nunca llegan, o peor, nunca terminan, está funcionando el urbanismo táctico y efímero que activa espacios ahora. Utilizar lo que ya existe (solares, materiales, redes sociales) para resolver necesidades inmediatas. Esa capacidad de actuar en el presente con lo que tenemos a mano. O la trazabilidad de los proyectos. Frente a la opacidad del sistema, funcionan los proyectos que son honestos con su huella. Proyectos que te dicen: «esto viene de aquí, ha costado tanto y cuando se acabe irá allá». La honestidad sobre las propias contradicciones es hoy el valor más subversivo y lo que realmente mantiene vivo el discurso.