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Detalle mural de Dan Ferrer con una niña y una paloma blanca, pintura mural figurativa

Dan Ferrer

Entrevista

Retrato del artista urbano Dan Ferrer en el festival Kromatic, Sant Andreu de la Barca, Rebobinart 2025

Dan Ferrer es un artista visual y muralista que convierte el espacio público en un lugar de poesía y relato compartido. Su obra, caracterizada por la figuración y el simbolismo, transforma experiencias íntimas en composiciones de gran fuerza visual que conectan con emociones universales como el amor, la vulnerabilidad, la identidad o la esperanza. Inspirándose en influencias que van desde el graffiti y el flamenco hasta la cultura mediterránea y la pintura clásica, Ferrer ha desarrollado un lenguaje visual propio, sensible y profundamente humano, en el que cada mural dialoga con la arquitectura, el paisaje y la comunidad.

A lo largo de una trayectoria que abarca murales, exposiciones y proyectos internacionales en Europa, Estados Unidos y México, se ha consolidado como una de las voces más singulares del muralismo contemporáneo.

Tu estilo, que defines como “jazz alegórico”, combina realismo e improvisación con símbolos universales. ¿Cómo nació esta manera de expresarte y qué buscas con ella?

Mi lenguaje artístico comenzó a tomar forma en 2015, cuando empecé a buscar una manera de trasladar la poesía a la imagen figurativa. Me interesaba representar emociones y conceptos universales —como el amor, el miedo o el paso del tiempo— a través de personas corrientes. Por eso, los protagonistas de muchas de mis obras han sido mi propia familia, especialmente mis hijos y mi mujer.

La inspiración nace precisamente de esos momentos cotidianos. Observando a mis hijos o compartiendo tiempo con ellos descubro emociones y reflexiones que, aunque parten de mi experiencia personal, hablan de algo que todos compartimos. Ahí encuentro el origen de mis historias.

En aquella primera etapa predominaban los grises, con pequeñas notas de azul inspiradas en la blue note del jazz y el blues. De esa relación entre improvisación, simbolismo y poesía nació el concepto de «jazz alegórico».

Sin embargo, mi obra dio un giro profundo en 2019, cuando mi cuarto hijo sufrió un derrame cerebral a las pocas semanas de nacer. Aquella experiencia transformó por completo mi manera de entender la vida y, con ella, mi forma de crear. Paradójicamente, a pesar de convertirse mi vida y la de mi familia en un camino tan duro que jamás me hubiese imaginado caminando por él, más color empezó a aparecer en mi pintura. Ante el dolor, la impotencia y el sufrimiento sentí la necesidad de hablar de esperanza, de energía y de celebración de la vida. De entender que sólo importa el “aquí y ahora”. De abrazar la vida a pesar del dolor más profundo, de sonreír aunque no sea perfecta, y de entender que en lugar de dejarte hundir tienes que remar con más fuerza.

Al mismo tiempo, fui reconectando con mis propias raíces: el flamenco, la poesía de Lorca, la música de Falla y Granados, la pintura costumbrista española, la calle, la abstracción que practiqué con el graffiti en el pasado, los barrios kinkis donde crecimos y la cultura mediterránea. Poco a poco, esos elementos fueron ocupando un lugar central en mi trabajo, hasta el punto de que hoy ya no siento que el término «jazz alegórico» defina del todo mi obra.

Ahora sigo buscando poesía, pero ya no desde la melancolía, sino desde la intensidad de vivir. Pinto para hablar del amor, de la fragilidad, de la fuerza y de la identidad. En definitiva, utilizo el arte para dar plasticidad a mi forma de sentir.

Detalle mural de Dan Ferrer con una niña y una paloma blanca, pintura mural figurativaTras dejar la publicidad en 2015, decidiste centrarte en tu propio arte. ¿Qué cambió en tu mirada desde entonces?

Durante toda mi vida he luchado por vivir de mi arte. Por la circunstancia de mi entorno, no recibí apoyo de ningún tipo (a excepción de mis amigos que me han alentado constantemente) y desde bien jovencito he usado mi creatividad para salir adelante. De ser un adolescente que pintaba letreros de graffiti para unos comercios pasé a ser un jovencito que se reunía en las torres KIO para organizar acciones artísticas internacionales con Hugo Boss.

A lo que escuchaba en casa: “nadie se gana la vida con un lápiz” me respondía a mí mismo: “Pués por mis cojones que sí”. Venia del atrape del barrio, del cero más absoluto y después de años luchando, conseguí una enorme estabilidad con el trabajo. Veía crecer el estudio que había creado junto a mi chica y deborábamos los nuevos proyectos para agencias de Publi, productoras, eventos… con una ambición enorme.

El problema es que, cuanto más crecía el estudio, más nos alejábamos de aquello que realmente siempre quisimos hacer: ser artistas. Artistas de verdad. Económicamente estábamos increíblemente bien, pero creativamente estábamos agotados. Nuestra obra personal seguía existiendo, seguíamos exponiendo y pintando murales, pero cuando nos sentábamos a crear sentíamos que ya no teníamos espacio mental ni emocional para hacerlo de verdad.

Hubo un momento muy concreto que me hizo replanteármelo todo. Iba en el coche observando a mi hija mayor, que entonces tenía unos cinco años, y empecé a preguntarme cómo me recordaría cuando creciera. Hablaría de mí como un padre que le había dado estabilidad y comodidades, pero que en el fondo era una persona triste, desconectada de sí misma y que no cumplió su sueño más auténtico. Aquella idea me golpeó muchísimo.

Mi mujer y yo decidimos entonces hacer una pausa radical. Nos fuimos tres meses a vivir a pleno centro de Manhattan. Hay gente que viaja a la India para reencontrase… para nosotros New York era una manera de mirarnos al espejo, cara a cara, con todo lo que amábamos. Pasábamos los días caminando por museos como el Met o el MoMA, recorriendo galerías en Chelsea, absorbiendo arte, cine, música y ciudad. Allí entendimos algo importante: que no queríamos dedicar nuestra vida únicamente a producir para otros, sino a convertirnos plenamente en los artistas que siempre habíamos querido ser.

Cuando volvimos a España tomamos una decisión muy drástica: rechazar todos esos clientes y proyectos que ocupaban casi toda nuestra vida. Y no era fácil, porque todos eran trabajos muy bien pagados para grandes agencias internacionales. Había muchísimo vértigo en decir “no” a algo que te daba estabilidad económica para apostar por una obra personal de la que no sabías si podrías vivir.

Pero aun así sentimos que era el camino correcto. Todas las decisiones importantes de nuestra vida las hemos tomado desde el amor, y aquella también lo fue. Decidimos invertir nuestro tiempo en volver a inspirarnos, en recuperar nuestra voz y en construir una vida más coherente con quienes éramos realmente. Fue toda una movida, ir descolgando el teléfono y decir “ya no me llames más”. Por sus voces podía imaginar sus caras. Fliparon…

Y aunque fue una decisión arriesgada, como se dice por ahí, el universo parece que cuando eres honesto se alinea para que pasen cosas buenas en tu vida. Y por eso, hoy, estoy aquí hablando contigo de mi obra personal!

Mural «La Soleá» de Dan Ferrer en Linares, arte urbano y flamencoSueles partir de una idea potente que luego desarrollas hasta volverla universal. ¿Cómo encuentras ese equilibrio entre lo íntimo y lo colectivo?

Creo que el equilibrio entre lo íntimo y lo colectivo aparece de una manera bastante natural, porque las ideas más personales suelen ser también profundamente universales. Yo encuentro la inspiración en momentos muy cotidianos: estando con mi familia, hablando con amigos o simplemente observando una situación aparentemente insignificante. De hecho, algunas de mis mejores ideas han surgido en escenas completamente normales, como ver a mi hija merendar un martes cualquiera a las siete de la tarde.

A partir de ahí empiezo a hacerme preguntas. Primero son preguntas personales, relacionadas conmigo, con mis hijos o con mi entorno más cercano, pero enseguida me doy cuenta de que esas emociones o reflexiones no son únicamente mías. El pensamiento que me atraviesa al observar a uno de mis hijos probablemente es el mismo que está teniendo cualquier padre o madre en otra parte del mundo.

Lo que hago como artista es no dejar que ese pensamiento se pierda. Lo anoto, lo desarrollo y busco la manera de traducirlo a un lenguaje visual. Intento convertir una emoción fugaz en una imagen capaz de conectar con otras personas. Por eso creo que mis obras nacen de experiencias muy personales, pero hablan de emociones que compartimos todos.

Escultura cerámica «Roots» de Dan Ferrer, obra de estudio del artista muralistaObras como Rebuild Ourselves transmiten resiliencia y reconstrucción. ¿Cómo llevas esas emociones al espacio público?

La manera en la que llevo a una expresión plástica ese tipo emociones nace de un proceso muy concreto. Normalmente todo empieza con una idea o una emoción que aparece en un momento cotidiano. A partir de ahí hago bocetos muy rápidos a línea, buscando composiciones y poses que sean capaces de transmitir exactamente aquello que quiero contar.

Me interesa mucho que los personajes tengan una presencia casi teatral, como si fueran la ilustración congelada de un poema o el instante detenido de una obra de teatro. No solo importan los elementos que aparecen en la imagen, sino también cómo el cuerpo, la postura o incluso un pequeño gesto pueden expresar una emoción concreta.

Después de esos primeros dibujos hago sesiones fotográficas con modelos —muchas veces mi propia familia— para trasladar esas ideas al mundo real. Ahí el proceso evoluciona mucho, porque hay cosas que funcionan en el papel y otras que solo aparecen cuando ves el cuerpo en movimiento. A veces incluso encuentro accidentalmente una expresión o una pose que resume perfectamente el concepto que estaba buscando.

Posteriormente trabajo digitalmente la composición, combinando fotografía, pintura digital y montaje, afinando cada detalle. Para mí una inclinación mínima de la cabeza o un cambio muy pequeño en la mirada puede transformar completamente lo que transmite la obra.

Cuando finalmente llevo la pieza al espacio público, el mural deja de ser solo una imagen y empieza a dialogar con la arquitectura y con el entorno. En la calle nunca trabajas sobre un lienzo perfecto: hay ventanas, relieves, cornisas, volúmenes y formatos irregulares. Por eso adapto toda la composición al edificio y reorganizo los elementos para que la obra respire junto al espacio y forme parte de él. Creo que esa integración es importante, porque el arte público debe representar las emociones, pero aparte convivir con la vida cotidiana de las personas que pasan delante de él.

Mural de Dan Ferrer con niños y mochila, arte urbano comunitario¿Cómo surgió tu propuesta para Sant Andreu de la Barca dentro de KROMATIC y qué valores buscaste transmitir?

La propuesta para Sant Andreu de la Barca surgió a partir de la propia vida que coexiste dentro del edificio Aigüestoses, un espacio que no funciona solo como biblioteca, sino como un verdadero punto de encuentro cultural. Allí conviven la lectura, la música, la radio municipal, la danza y distintas actividades creativas, así que desde el principio sentí una responsabilidad especial con este proyecto.

Mi obra suele hablar de la importancia de la cultura, de la creatividad y del arte como herramientas de crecimiento personal, especialmente durante la infancia, así que sentía que el mural no podía ser simplemente decorativo. Quería construir una imagen que transmitiera todo ese flujo constante de aprendizaje, expresión y vida cultural que sucede dentro del edificio.

Desde el principio también tuve claro que quería evitar los clichés relacionados con la cultura. No me interesaba hacer un collage evidente de libros o notas musicales, sino crear una especie de jungla visual, un entorno más orgánico y emocional, donde todos los elementos convivieran dentro de una composición llena de movimiento.

Por eso aparecen dos personajes que funcionan como alegorías de la expresión y el aprendizaje. Además, aproveché la propia arquitectura del edificio como parte activa de la composición. Las largas ventanas horizontales, en lugar de ser un problema, me permitieron ocultar partes concretas de los rostros y destacar otras, generando focos visuales muy concretos y jugando con la manera en la que el espectador reconstruye emocionalmente las figuras.

Dentro de la obra aparecen elementos vinculados al propio espacio, como los libros o la música, pero reinterpretados desde mi lenguaje visual. La guitarra española, por ejemplo, tiene un papel importante porque mi imaginario creativo está profundamente ligado al flamenco y a la cultura popular española.

También me interesaba generar un contraste entre los personajes y el fondo. Las figuras transmiten calma, concentración y reflexión, porque el edificio también es un lugar de estudio, escucha y aprendizaje. Sin embargo, el entorno que los rodea está lleno de color, formas y movimiento, representando toda la energía creativa que constantemente nace dentro de ese espacio.

Y, por supuesto, aparecen elementos recurrentes en mi trabajo, como los jarrones y los claveles rojos, que para mí simbolizan crecimiento, arraigo, vida y transformación. En el fondo, el mural intenta hablar precisamente de eso: de cómo la cultura puede convertirse en un lugar donde las personas crecen, se expresan y construyen identidad colectiva.

Pintura figurativa de estudio de Dan Ferrer, obra sobre lienzo del artista urbano¿Qué experiencia personal te llevas de este proceso colectivo con otros artistas y con la comunidad?

La experiencia dentro de KROMATIC fue muy positiva tanto a nivel profesional como humano. Creo que una de las claves está en la dirección del festival. Se nota mucho cuando un proyecto está liderado por alguien con experiencia real dentro del muralismo y de la producción artística, como es el caso de Marc, porque todo funciona con fluidez. No es el típico evento donde llegas, te dan material y desaparece la organización. Aquí había un equipo muy atento y eficiente, capaz de resolver cualquier imprevisto de manera rápida y natural, y eso, para quienes trabajamos profesionalmente en la calle, marca mucho la diferencia.

También fue muy enriquecedor compartir tiempo con otros artistas. Algunos ya eran amigos o conocidos y otros nuevas caras, pero este tipo de encuentros siempre generan conversaciones muy interesantes. Más allá de la pintura, acabas compartiendo experiencias, inquietudes, procesos creativos o simplemente momentos cotidianos.

A nivel humano, Sant Andreu de la Barca me dejó una sensación de muy buen rollo. Me sorprendió mucho la relación entre la gente del municipio y la manera en la que interactúan en la calle. Había una cercanía y una naturalidad muy especiales. Se percibía un ambiente muy abierto y muy positivo hacia el arte y hacia lo que estaba ocurriendo en las calles.

Al final, cuando sientes que la gente recibe el proyecto con entusiasmo y que el trabajo que haces está convirtiéndose en un punto de encuentro, pues obviamente la experiencia es mucho más emocionante.

Mural gran formato de Dan Ferrer en el festival Kromatic, mural festival Sant Andreu de la Barca 2025

Has trabajado en ciudades de Europa, EE. UU. y México. ¿Qué diferencias has encontrado en la forma en que la gente recibe tu obra?

Creo que, aunque he trabajado en contextos culturales muy distintos, la recepción emocional de mi obra no ha sido tan diferente como podría parecer. Al final, el trabajo que hago habla mucho de emociones humanas, de vínculos, de identidad, de fragilidad o de esperanza, y eso conecta con la gente independientemente del lugar donde viva. La parte poética y emocional de las obras suele entenderse de una manera bastante universal.

Sí he notado que fuera de España la gente percibe muy claramente el componente cultural español que hay en mi trabajo. Mi imaginario visual está profundamente influido por el flamenco, la tradición mediterránea, el color, la intensidad emocional o ciertas referencias culturales que forman parte de quién soy, y eso desde fuera se percibe enseguida.

En muchos lugares, especialmente en Europa o Estados Unidos, me han comentado que mis colores y mi manera de construir las imágenes les resultan muy «españoles». Relacionan mucho esa paleta intensa y luminosa con conceptos como el sol, la energía, la pasión o la expresividad mediterránea. Y es curioso porque muchas veces yo no busco eso de manera consciente; simplemente forma parte natural de mi manera de expresarme.

También me ha pasado que, fuera de España, algunas personas perciben la obra como algo exótico o muy identitario, pero en un sentido positivo. Creo que al final lo que conecta es precisamente eso: que el trabajo nace desde algo muy auténtico y muy arraigado culturalmente, pero al mismo tiempo habla de emociones que cualquiera puede reconocer como propias.

 

De los festivales en los que has participado, como Fanzara o CI Urban Fest, ¿cuál recuerdas con especial cariño y por qué?

La verdad es que podría escribir un libro entero respondiendo a esta pregunta, porque prácticamente en todos los festivales en los que he participado me he llevado experiencias muy especiales. Más allá de las ciudades o de los murales, lo más importante para mí siempre han sido las personas. Una cosa que se repite constantemente es que llego a un festival pensando que voy a trabajar con otros artistas y organizadores, y termino marchándome con amigos.

Con el tiempo te das cuenta de que este tipo de proyectos generan vínculos muy fuertes. Compartes muchísimas horas, conversaciones, problemas, comidas, cansancio y momentos muy intensos. Y aunque luego pasen meses o años, esos lazos siguen ahí. Siempre guardo muchísimo cariño a la gente que he ido conociendo en el camino.

Por comentar una anécdota divertida, durante el MIAU, Axel Void y yo cumplíamos años durante esos días. En mitad de una de las comidas multitudinarias que se hacen en el pueblo —con enormes paellas y muchísima gente reunida— apagaron las luces y aparecieron con tartas para celebrarnos el cumpleaños. Después, el director del festival nos regaló unas servilletas donde había escrito: «vale por un masaje». Pensábamos que era simplemente una broma… hasta que un rato después nos llevaron a un piso donde realmente nos estaban esperando dos masajistas con sus camillas. Fue uno de esos momentos surrealistas y maravillosos.

El último proyecto en el que he participado, La residencia Moniker en Tulum, ufff… eso ha sido todo un viaje extrasensorial, tan intenso que no cabe en unas líneas, así que mejor os remito a mis redes donde podéis saber sorbe esta increíble experiencia.

Mural de Dan Ferrer en Illescas, Toledo, arte público en España¿De qué manera crees que los murales pueden transformar un barrio o dar identidad a un espacio?

Creo que la simple presencia del arte ya es transformadora. Da igual si sucede en un teatro, en un museo, en un concierto o delante de un mural: cuando una persona presencia una expresión artística, algo ocurre dentro de ella. El arte puede inspirarte, emocionarte o hacerte preguntas que permanecen contigo mucho después de haber vivido esa experiencia.

Por eso creo que el arte público tiene un valor enorme. No es lo mismo desplazarte a un lugar concreto para buscar arte que encontrártelo de repente en la puerta de tu casa, formando parte de tu vida cotidiana. Cambia completamente la relación que tienes con el espacio. Salir de casa y encontrarte una obra capaz de estimularte emocionalmente no produce el mismo efecto que caminar entre paredes deterioradas o espacios abandonados. El arte puede alterar incluso la manera en la que afrontas el resto del día, porque ese primer estímulo visual y emocional ya pone tu cabeza en otro lugar.

Además, los murales terminan convirtiéndose en puntos de encuentro e identidad colectiva. Igual que ocurre con una plaza, un bar emblemático o un monumento, las personas acaban incorporando esas obras a su imaginario cotidiano. El mural deja de ser algo ajeno y pasa a sentirse como parte del barrio y de la comunidad.

Eso me parece lo más guapo del arte urbano: aunque la obra nazca desde la visión de un artista, una vez está en la calle deja de pertenecerle del todo. Pasa a formar parte de la vida de las personas y el entorno.

Mural «Resiliencia» de Dan Ferrer, intervención artística mural¿Qué peso tienen para ti los mensajes sociales frente a la estética pura en tu obra?

Para mí el contenido y la estética son inseparables. No sabría decir en qué porcentaje pesa cada cosa, pero sí tengo claro que no podría hacer una obra únicamente desde lo visual si detrás no existiera una idea, una emoción o una historia que me impulse a crearla. Lo que realmente me mueve a pintar es el contenido: la necesidad de expresar algo, de reflexionar sobre una emoción o de trasladar una poesía visual concreta. Si no existe eso detrás, el proceso creativo pierde sentido para mí.

Hace años tuve una especie de punto de inflexión en el que sentí que todo lo que hiciera debía contener una intención real. No quería limitarme a producir imágenes sin más; necesitaba que cada obra estuviera hablando de algo importante para mí, aunque fuera de una manera simbólica o abierta a distintas interpretaciones.

Pero al mismo tiempo la estética también es fundamental, porque es precisamente el lenguaje con el que cuento esas historias. Y cuando hablo de estética no me refiero a “hacer algo bonito”, sino a construir una experiencia visual capaz de transmitir emociones sin necesidad de explicarlas con palabras. Para mí una obra no debería depender de un texto al lado para funcionar (aunque a veces sí que sume). La pintura, la composición, el color, los cuerpos, las poses o las expresiones tienen que ser capaces de hablar por sí solos.

Por eso cuido muchísimo todos esos elementos. La postura de un personaje, la dirección de una mirada, la tensión corporal, la relación entre colores o el equilibrio de la composición forman parte del mensaje igual que el concepto inicial. Todo tiene que empujar en la misma dirección emocional.

Y aunque luego cada persona interprete la obra desde su propia experiencia —algo que además me interesa mucho—, sí necesito que exista un impacto emocional, que la imagen provoque algo. Que no sea solo algo que se mira, sino algo que se siente. Para mí ahí es donde el contenido y la estética dejan de ser dos cosas separadas y pasan a convertirse en una sola herramienta de expresión.

El arte urbano depende en gran parte de financiación pública o privada. ¿Qué modelo de apoyo consideras más sostenible para el futuro?

Creo que el futuro del arte urbano necesita la convivencia de varios modelos de apoyo: el público, el privado y también el personal o autofinanciado. Los tres son importantes y cumplen funciones distintas dentro del ecosistema artístico.

La financiación pública me parece fundamental porque el arte tiene una función social muy importante. Igual que las instituciones invierten en plazas, parques o infraestructuras, también deberían invertir en acercar el arte y la cultura al espacio cotidiano de las personas. El arte público transforma entornos, inspira, genera identidad y acerca la creatividad a gente que quizá nunca entraría en un museo o en una galería.

La financiación privada también desempeña un papel muy valioso. Existen empresas, fundaciones y proyectos privados que están impulsando iniciativas increíbles relacionadas con el arte urbano, creando auténticos museos al aire libre y desarrollando trabajos curatoriales de altísimo nivel. Igual que las galerías privadas acercan el arte contemporáneo al público desde otro contexto, muchos proyectos privados dentro del muralismo están ayudando a profesionalizar y expandir el sector.

Pero además creo que es muy importante reivindicar una tercera vía: la autofinanciación y la iniciativa personal de los propios artistas. Muchísimas personas alrededor del mundo siguen interviniendo el espacio público invirtiendo su propio tiempo, dinero y energía, muchas veces fuera de los circuitos institucionales o comerciales. Y eso también es esencial para mantener vivo el lenguaje del arte urbano.

De hecho, muchas veces las propuestas más arriesgadas, más libres o más innovadoras nacen precisamente desde ahí. Cuando trabajas para grandes instituciones o marcas puedes encontrarte con limitaciones, condicionantes o líneas que no se pueden cruzar. En cambio, cuando un artista crea desde la independencia absoluta, puede permitirse experimentar, equivocarse, romper códigos o lanzar mensajes que quizá nadie financiaría.

Y creo que esa libertad es imprescindible para que el arte siga evolucionando. Muchas de las obras o movimientos que realmente han hecho avanzar el arte nacieron desde posiciones incómodas, libres y poco rentables. Por eso pienso que el equilibrio ideal no consiste en elegir un único modelo, sino en permitir que todos convivan y se complementen.

¿Cómo debería plantearse la relación entre artistas, instituciones, productores y patrocinadores para que no se pierda la esencia del mensaje?

La relación entre artistas, instituciones, productores y patrocinadores es un equilibrio muy complejo, porque cada una de esas partes tiene motivaciones y necesidades diferentes. Las instituciones buscan generar impacto cultural o social, los patrocinadores tienen unos intereses concretos, los productores necesitan que el proyecto funcione a nivel organizativo y los artistas intentan proteger su lenguaje y su voz. Conseguir que todo eso conviva de manera sana no es sencillo, pero creo que precisamente ahí está la clave: en encontrar un equilibrio donde todas las partes sean capaces tanto de aportar como de ceder.

Cuando ese equilibrio existe, los proyectos suelen funcionar muy bien y el arte urbano puede desarrollarse de manera potente y positiva dentro de las ciudades. Creo que parte del crecimiento que ha tenido el muralismo en los últimos años viene precisamente de que, en muchos casos, esos engranajes han sabido entenderse entre sí.

Ahora bien, también creo que es importante asumir que no todas las ideas pueden existir dentro de estructuras institucionales o comerciales. Hay veces en las que un artista necesita decir algo o experimentar de una manera que simplemente no encaja dentro de ciertos marcos, ya sea por cuestiones de contenido, de estética o de riesgo creativo. Y ahí es donde entra en juego la independencia.

Por eso considero fundamental que los artistas sigan teniendo espacios de libertad absoluta, aunque eso implique trabajar desde la autofinanciación o desde formatos más pequeños y menos visibles. El valor de una obra no depende de su escala ni de la cantidad de recursos que tenga detrás. Puedes encontrar murales gigantes técnicamente impecables pero vacíos de contenido, y obras mucho más pequeñas capaces de generar un impacto emocional y cultural muchísimo más profundo.

Al final, lo importante es que el arte siga avanzando y que los artistas puedan seguir desarrollando una voz auténtica. Y para que eso ocurra, a veces hace falta apoyo institucional y otras veces hace falta justamente lo contrario: independencia total para poder arriesgar, romper límites y empujar el lenguaje artístico hacia nuevos lugares.

Mural «Adolescencia» de Dan Ferrer, muralismo contemporáneo en el festival KromaticEn cuanto a la profesionalización del sector, ¿crees que los artistas urbanos cuentan ya con reconocimiento y honorarios justos, o todavía falta recorrido?

Sí creo que ha habido una profesionalización muy importante del sector en los últimos años y que el reconocimiento hacia el arte urbano ha cambiado mucho. Hace tiempo todavía existía cierta mirada que veía a los muralistas como «grafiteros venidos arriba» o como una disciplina menor dentro del arte contemporáneo. Hoy eso ya no tiene sentido. El arte urbano está presente en galerías, museos, instituciones, medios de comunicación y grandes proyectos internacionales. Se ha convertido en una de las corrientes creativas más potentes y visibles de nuestro tiempo.

De hecho, yo considero que el auténtico gesto de vanguardia hoy no tiene tanto que ver con un estilo pictórico concreto, sino con el hecho de haber sacado el arte de los espacios tradicionales y haberlo llevado directamente a la vida cotidiana de las personas. Para mí, esa democratización del arte es una de las transformaciones culturales más importantes que ha ocurrido en las últimas décadas.

También percibo que después del COVID hubo un cambio importante dentro del sector. Durante la pandemia se paralizaron muchísimos proyectos y creo que eso hizo reflexionar tanto a artistas como a organizadores e instituciones sobre las condiciones laborales. Desde entonces he notado una mayor conciencia profesional y, por ejemplo, cada vez es menos habitual encontrar festivales que pretendan trabajar sin ofrecer honorarios dignos a los artistas. Y eso me parece un avance muy positivo.

Ahora bien, aunque sí existe un mayor reconocimiento, todavía hay muchísima diferencia entre países en cuanto a presupuestos y condiciones económicas. La distancia entre lo que puede cobrarse por un mural en España, en otros países europeos o en Estados Unidos sigue siendo enorme. Y creo que eso está muy relacionado con las políticas culturales y fiscales de cada lugar. Los países que realmente apuestan por el arte y facilitan su desarrollo terminan generando industrias culturales mucho más sólidas.

En ese sentido, Estados Unidos sigue jugando en otra liga a nivel económico y de inversión en arte público. Pero aun así, creo que el camino general del sector es positivo y que cada vez existe una mayor conciencia de que detrás de un mural no solo hay pintura, sino años de formación, investigación, riesgo y trabajo profesional.

 

Si miramos hacia el futuro, ¿cómo imaginas un sistema económico que permita a los muralistas vivir de su trabajo sin perder libertad creativa?

Creo que el reto de encontrar un sistema económico que permita a los muralistas vivir de su trabajo sin perder libertad creativa no tiene una solución sencilla, porque cuando existe una inversión económica también suelen existir expectativas por parte de quien aporta esos recursos. Es lógico que instituciones, empresas o patrocinadores quieran obtener algún tipo de retorno cultural, social o incluso de imagen. Por eso el equilibrio entre financiación y libertad creativa siempre será delicado.

Dicho esto, creo que la primera responsabilidad recae en los propios artistas. Si un creador no está defendiendo una voz propia en su trabajo personal, difícilmente podrá reclamar libertad creativa dentro de proyectos financiados. La independencia artística no se concede; también hay que construirla y demostrarla a través de una trayectoria coherente.

Para mí es fundamental que los artistas mantengan siempre un espacio de investigación, riesgo y exploración personal. El arte solo evoluciona cuando existen personas dispuestas a experimentar, equivocarse y seguir caminos propios, incluso cuando esos caminos no son los más rentables o los más fáciles de financiar. Por eso creo que, aunque un artista trabaje dentro de circuitos institucionales o comerciales, nunca debería renunciar a desarrollar paralelamente aquellas ideas que realmente le importan.

En un escenario ideal, las instituciones, fundaciones y entidades que apoyan el arte deberían entender precisamente el valor de esa libertad. De hecho, ya existen modelos que funcionan así: organizaciones que financian procesos de investigación y creación sin imponer resultados cerrados. Me gustaría pensar que en el futuro ese tipo de apoyo será cada vez más habitual.

Al final, la cultura avanza gracias a la libertad creativa. Y cuanto más capaces seamos de generar sistemas que permitan a los artistas investigar, experimentar y expresarse sin miedo, más rico será también el desarrollo artístico y cultural de la sociedad en su conjunto.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora y hacia dónde te gustaría llevar tu obra en los próximos años?

Este año estoy inmerso en varios proyectos que me ilusionan especialmente porque representan una evolución natural de mi trabajo. Uno de los más importantes ha sido la presentación de mi primera escultura en la galería Anderson Smith de Atlanta, acompañada de nuevas obras sobre lienzo en las que también estoy explorando nuevas líneas. Estoy muy motivado entrando en esta disciplina escultórica, y especialmente en la escultura pública de gran formato, que se está convirtiendo en una dirección de trabajo que me interesa mucho desarrollar en los próximos años.

Además como presentación de éstas obras organicé un show en la galeria a modo de performance muy sensorial de pintura, poesía, moda y baile flamenco que dejó a los asistentes con la sensación de un buen pedo de viaje adentro de mi cabeza, con la que todos disfrutamos mucho.

También he realizado recientemente mi primer mural de gran formato en Estados Unidos, en la ciudad de Dallas, dentro del proyecto Art Docks. Ha sido una experiencia extraordinaria y, además, ha abierto nuevas oportunidades y conversaciones que me mantienen muy motivado respecto al futuro de mi trabajo en ese país.

Por otro lado, acabo de regresar de una residencia artística organizada por la Fundación Moniker en Tulum, México. Han sido diez días de convivencia, creación y conexión con la naturaleza en un entorno muy especial. Allí desarrollé una obra muy singular que intervenía una vivienda completa de una familia local maya, un proyecto que pude llevar a cabo gracias al apoyo y la confianza de Tina Ziegler, directora de la fundación. Ha sido una de esas experiencias que te recuerdan por qué haces arte.

Además, en los próximos meses participaré en varios festivales internacionales que todavía no han sido anunciados oficialmente, por lo que aún no puedo compartir detalles, pero irán apareciendo poco a poco a través de mis redes.

Del que sí puedo decir algo ya que acaba de salir a la luz es mi participación en Waterford Walls en Irlanda, donde estaré haciendo una obra de gran formato gracias al apoyo del Instituto Cervantes de Dublin y del propio festival.

Y, más allá de los proyectos concretos, siento que estoy atravesando un momento de crecimiento muy estimulante. Estoy desarrollando nuevas obras en el estudio, explorando formatos distintos y ampliando los límites de mi propio lenguaje visual. Si pienso en los próximos años, me gustaría llevar a cabo las colaboraciones que hoy aún son conversaciones, seguir conociendo nueva gente, nuevos países y abrazar todo lo que está por venir. El no saber que será, esa incertidumbre, es lo más estimulante de nuestra profesión.

 

¿Podrías resumir tu trayectoria o propósito artístico en una sola frase o idea?

 

En el fondo, utilizo el arte como mi propio psicólogo. Pinto para entender la vida y para entenderme a mí mismo. Y espero que, al compartir ese proceso, también pueda acompañar a otras personas en el suyo.Mural de Dan Ferrer en Dallas, Estados Unidos, proyecto Art Docks, mural gran formato

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