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Color Tracks by Pez

Camión cubierto de personajes sonrientes azules y amarillos, Pez Color Tracks galería móvil, Rebobinart
Detalle del mural – Color Tracks by Pez, Barcelona, muralismo, Rebobinart 2015
Proceso de creación del mural – Color Tracks by Pez, Barcelona, graffiti, Rebobinart 2015
Fotografía del mural – Color Tracks by Pez, Barcelona, intervención artística, Rebobinart 2015
Detalle del mural – Color Tracks by Pez, Barcelona, mural de gran formato, Rebobinart 2015
Proceso de creación del mural – Color Tracks by Pez, Barcelona, mural institucional, Rebobinart 2015

Barcelona

Intervención artística Weart Festival, arte urbano Barcelona

30.09.2015

En septiembre de 2015, el camión-muro de Colortracks cambió de vestido: después de B-Toy, llegó el artista El Pez. En la foto, el lateral del camión cubierto con sus característicos peces azules y amarillos de sonrisa descomunal, con el artista saltando delante.

Colortracks era una galería itinerante, una obra que se paseaba por la ciudad sobre ruedas y que se renovaba cada seis meses. Puedes ver más obra de Pez, que pinta desde 1999, y otros proyectos de nuestro catálogo.

En el vídeo, Pez explica por qué eligió un personaje en lugar de letras —«quería transmitir alegría, y además era mucho más fácil de leer»—, la época de las camisetas («para mí una camiseta era un grafiti andante») y cómo ha acabado exponiendo en París, Nueva York y Londres. Y una reflexión sobre el grafiti legal y el vandálico: «son cosas compatibles».

Transcripción del vídeo5 min 30 s

Yo empecé a pintar en 1999. En aquella época el grafiti siempre estuvo muy ligado a la cultura hip hop. En mi caso no era tan rapero, pero me gustaba el grafiti y para mí era una forma de expresión: era como decir, bueno, tengo un dibujo y quiero salir a la calle a pintarlo. En mi caso me gustó más usar un logo, porque realmente con un personaje podía transmitir algo más que con unas simples letras que no transmiten nada: voy a transmitir alegría, o diversión, o buen rollo. Y aparte era mucho más fácil de leer, de identificar, que unas letras.

Cuando yo empecé a pintar grafiti lo hacía por puro placer: me gustaba pintar, hasta que en un momento me dije «vale, me gusta pintar, pero quiero que me vean en toda la ciudad». Y entonces empecé a hacerlo progresivamente, sin pensar que esto me iba a dar o no me iba a dar, porque realmente lo hacía porque me gustaba en ese momento, era algo que me llenaba y era como una competición conmigo mismo.

Un día se da la oportunidad de decir: hostia, hay un montón de peña que hace grafiti y que también tiene su merchandising y hace sus camisetas. Empecé a hacer camisetas, pero para mí una camiseta en ese momento era un grafiti andante: alguien que compraba esa camiseta en Barcelona podía coger un avión y al día siguiente estar en Nueva York o en París. Después de lo de las camisetas me hice algún dinerillo, pero era dinero que me gastaba en pintura; con eso no vivía.

Realmente, el hecho de pintar un cuadro y venderlo me satisfacía tanto como ir al muro de Berlín y pintar un pez en el muro de Berlín. Eran como premios que te iba dando la vida. Hoy en día estoy exponiendo en galerías en París, en Nueva York, en Londres: quién me lo diría a mí, que iba a llegar hasta ahí. No fue una meta, un objetivo, pero se fue llegando muy naturalmente, que fue lo bonito también.

Y creo que lo bonito también es tener una recompensa, un mérito, un reconocimiento a tu trabajo: que alguien que ve tu obra diga «quiero tu obra, pero la quiero tener en mi casa». Entonces, ¿qué pasa? Que ya la obra se inmortaliza, porque en la calle estamos un poquito expuestos a que te tachen en el muro, o a que lo tumben, o a que pase de todo; en cambio, esa obra va a perdurar toda la vida.

Cada uno se dedica a lo que quiera. Respeto a toda la gente del mundo del grafiti. Me encanta el grafiti legal y me encanta el vandal: lo sigo haciendo y, digamos, son cosas compatibles. El que no quiera venderse, que no se venda; y el que quiera pintar trenes, que pinte trenes, y todos felices. Yo creo que no hay ningún problema. El que diga que el grafiti es de la calle y no se vende tiene toda la razón: no vas a poder vender un muro. Si quieres vender un cuadro, ya no es calle, ya es otra cosa.

Transcripción del vídeo, editada para la lectura: se han quitado las repeticiones y las muletillas del habla, se ha puntuado el texto y se indica quién habla.

En el vídeo, Pez explica cómo funciona Color Tracks: camiones pintados con un GPS, y una aplicación que te dice dónde está cada camión en ese momento, «para que la gente pueda perseguirlo». También cómo durante la ley del civismo iban a buscar persianas de comercio —«nunca hablábamos de grafiti, porque la palabra es un poco contundente»— y por qué «mi museo es la calle».

El vídeo, en texto (versión abreviada)6 min 7 s

PezEste camión pertenece al proyecto de Color Tracks, de Rebobinart. La idea del proyecto es pintar camiones y añadirles un GPS a cada uno: mediante una aplicación que te descargas al móvil puedes buscar dónde está el camión en ese momento en la ciudad. La idea es que haya varios camiones dando vueltas por la ciudad y que la gente pueda perseguirlo: para verlo, para hacer la foto o simplemente para saludar al conductor.

Es un proyecto muy interesante porque se construye una galería móvil que se está moviendo todo el rato por la ciudad y que te sorprende: vas por la calle y de repente te encuentras un camión pintado con arte. Normalmente, cuando vas a ver arte, vas a un museo; pero la sorpresa de que no vayas tú, sino que él venga a ti, es súper interesante.

Yo empecé a pintar la primera vez que cogí un lápiz: creo que tenía tres o cuatro años. Grafiti, empecé a pintar en el 99, en Sant Adrià de Besòs, que es donde me he criado; y desde entonces no he parado.

PezSe dice que hubo una época dorada en Barcelona, entre el 2000 y el 2005 más o menos. En 2006 entra una nueva ley, la ley del civismo, que prohíbe pintar grafiti, como otras actividades en la calle: tocar música, hacer skate o cualquier actividad no regulada.

Entonces lo que hacíamos era ir a los comerciantes que tenían una persiana, a lo mejor en un sitio muy céntrico de Barcelona, y hablábamos con ellos: «mira, tienes esta persiana que está un poco hecha mierda; yo hago esto, soy artista, pinto con aerosol». Nunca hablábamos de grafiti, porque la palabra grafiti es un poco contundente: hablábamos más de arte mural y de pintura con la técnica del aerosol.

De esa manera conseguíamos varios sitios en la ciudad donde podíamos seguir pintando y escapar un poquito de la ley, porque ya no estábamos pintando el espacio público, sino el privado. Si yo quiero pintar mi casa, tengo todo el derecho.

PezCreo que el arte urbano es un arte todavía muy nuevo y los museos son todavía un poco reacios a mostrarlo: les gusta más el arte antiguo. El arte urbano todavía es un arte de la calle, un arte perseguido, un arte ilegal, y hay muchos museos que no le ven el potencial que tiene; y quizá también cuenta el hecho de que lo regalas en la calle para todo el mundo.

Pero realmente, para nosotros, la calle es nuestro museo. Para mí mi museo es la calle, y mejor que la calle no hay nada, porque está abierto 365 días, no pagas la entrada y lo puede ver todo el mundo. Lo malo que tiene es que desaparece, es efímero; pero también tiene su juego: al desaparecer, puedes crear un interés de «o voy hoy o me lo pierdo».

Versión abreviada: se mantienen las declaraciones textuales y se omiten repeticiones, solapamientos y tramos que no tratan del proyecto.

Rebobinart · presupuesto en 48 h

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